Resistencia sexual en relaciones heterosexuales | A Southern Women’s Writing Collective
Resistencia sexual en relaciones heterosexuales
A Southern Women’s Writing Collective
Este artículo ha sido elaborado de forma colaborativa por las componentes de A Southern Women 's Writing Collective. Nos autodenominamos Mujeres Contra el Sexo (WAS)1, en claro antagonismo al movimiento pro-sexo. Proponemos una teoría que sitúa la sexualidad en el plano de la interacción, la lucha y el conflicto de clases; es decir, en el plano político. Nos tomamos muy en serio las abrumadoras estadísticas que ponen de manifiesto de forma rigurosa el daño que los varones infligen a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Los datos que muestran de forma más clara la cantidad astronómica de acoso y agresión sexuales ejercidos por los varones contra las mujeres son los que emergen del estudio de Diana E. H. Russell a partir de una muestra aleatoria de 930 hogares de San Francisco: tan sólo el 7,8 % de las mujeres declararon no haber sufrido ni agresión ni acoso sexuales. (Debemos suponer que el número de denuncias es siempre inferior al número real de agresiones, ya que sabemos que las mujeres a menudo no pueden reconocer, nombrar o denunciar este tipo de abusos, incluidas las violaciones). Estos actos sexuales, cometidos individualmente y de uno en uno, destruyen la vida de las mujeres, literalmente. Empiezan cuando somos niñas, y no cesan jamás, ni siquiera cuando ya sólo somos cadáveres. Sexo es pues aquello que los varones digan que es sexo. Significa aquello que los varones digan que significa. Se hace tal y como los varones digan que se tiene que hacer. Es aquello que permanece inmutable pase lo que pase. De lo contrario, el patriarcado caería. Como la sistemática práctica política de supremacía masculina que es – la manifestación específica del poder masculino sobre las mujeres –, la sexualidad es nuestra opresión. Es también la forma en que nuestra opresión se perpetúa. Dado que pensamos que la sexualidad somete políticamente a las mujeres, sostenemos que su práctica debe ser deconstruida, abolida o desmantelada en su totalidad. Aunque somos conscientes de que muchas mujeres, incluso miembras del colectivo WAS, han podido tener experiencias sexuales que ellas mismas describen como positivas, mantenemos que esto ha sido así independientemente de que estas experiencias fuesen sexuales y no debido a que fueran experiencias sexuales. Hemos detectado además que, como mujeres en esta cultura patriarcal, no dejamos de estar expuestas a la dinámica, socialmente construída, de la erotización del dominio y la sumisión; es más, nuestros cuerpos experimentan el dominio y la sumisión como sexualidad y, por tanto, como algo “positivo”.
Pensamos que tanto la homosexualidad, como la pedofília, el lesbianismo, la bisexualidad, la transexualidad, el travestismo, el sadomasoquismo, el celibato no feminista o la mastrubación establecen la misma conexión perversa con el dominio de los varones -sea éste en un plano conceptual o material- que la propia heterosexualidad. Estas prácticas son sólo variaciones de una única actividad heterosexual, no excepciones a la misma. La única forma posible de escapar de la sexualidad es dejar de practicarla. Todas estas opciones eróticas forman parte igualmente de una única sexualidad, tal y como ésta es impuesta bajo la supremacía masculina. No existe alternativa alguna a la sexualidad patriarcal. Su propia función hace imposible una transformación auténtica; cualquier aparente variación de orientación o preferencia continúa siendo meramente superficial. En consecuencia, consideramos el coito, la penetración o cualquier otro acto sexual como parte integral del constructo patriarcal que es la sexualidad, y los declaramos, por tanto, opresivos para las mujeres. Determinamos el orgasmo como marco epistemológico de lo sexual y, en consecuencia, lo declaramos también opresión de las mujeres.
Queremos remarcar que no pretendemos ni describir ni reinterpretar la vida sexual de todas las mujeres. Somos conscientes de que estas experiencias se viven de muy diferentes maneras, que van desde el éxtasis a la humillación o incluso a la muerte. Aunque pensamos que la esfera política establece una «conexión» directa con la esfera personal y con la psique de cada mujer, no creemos que exista una única fórmula estática que pueda plasmar con precisión dicha conexión. Ponemos a disposición de la comunidad feminista radical nuestro análisis inicial de una práctica —la sexualidad— que, en nuestra opinión, es la raíz y la causa fundamental de la sujeción política de las mujeres.
Sexualidad es todo aquello que haga socialmente posible mantener relaciones sexuales. Es decir, la práctica de la sexualidad comprende todo aquello que hace que el sexo se produzca socialmente, que lo convierte en algo socialmente real. La práctica de la sexualidad incluye los roles de género, o las identificaciones sociales con la feminidad y la masculinidad; dichos roles hacen que los actos sexuales parezcan naturales e inevitables, aunque no sean ni una cosa ni la otra. Los actos sexuales son fundamentales para la práctica de la sexualidad; los actos sexuales son al sexo lo que el sexo es a la opresión de las mujeres.
A lo largo de la historia, se han considerado sexuales actos como la violación, la violación de la esposa por parte del marido, el vendado de pies de las mujeres chinas, la felación, el coito, la masturbación, las relaciones sexuales forzadas, la cosificación, la violación de menores, el incesto, los malos tratos por parte del marido, la penetración anal, el uso y la producción de pornografía, el proxenetismo y el uso/abuso de mujeres prostituídas, el cunnilingus, el acoso sexual, la tortura, la mutilación y el asesinato —especialmente mediante descuartizamiento, estrangulamiento y apuñalamiento—. Se sabe que la tortura sexual es una herramienta militar de genocidio, que se ceba de forma especialmente atroz con las mujeres; su función es convertir la guerra en una experiencia sexual. La reproducción forzada de mujeres y hombres de raza negra durante la esclavitud, la violación de mujeres negras por parte de varones blancos y los linchamientos, principalmente de varones negros, también se consideran actos sexuales perpetrados por la supremacía masculina blanca, moldeada por el racismo.
Los actos sexuales son aquellos que los varones, como clase sexual, han establecido como genitalmente excitantes o placenteros. El medio a través del cual se impone este constructo es el del significado social; el método de construcción es material, y tanto significado como método se sustentan en la violencia masculina.
Las condiciones materiales son: (a) la violencia directa ejercida por los varones, como clase sexual, contra las mujeres, como clase sexual, y (b) la negación del placer propio de las mujeres. Así pues, las condiciones objetivas en las cuales se construye socialmente el deseo sexual de las mujeres son las condiciones de opresión —la violencia directa y la negación de su libertad sexual— que los varones ejercen contra las mujeres. Estas condiciones, que construyen nuestro deseo, producen un deseo sexual que es pervertido o «expropiado». El deseo de actuar como se te ha impuesto actuar se convierte en un deseo subyugado. Dado que no existe ninguna diferencia fenomenológica entre los deseos producidos por represión o por fuerza y aquellos que no lo son, la mera introspección no es suficiente para determinar la naturaleza sometida del deseo parasitado.
Hemos aprendido que no podemos confiar en los sentimientos como prueba definitiva de la verdad sobre la sexualidad porque —aunque el deseo se experimente a través de sentimientos— se trata de sentimientos condicionados y manipulados. A nivel social, la coacción que genera un deseo sometido sólo puede experimentarse como coacción si el sistema fracasa. Luego si, efectivamente, el deseo se acaba materializando, la coacción sólo puede detectarse si se analizan las condiciones sociales concretas en las que se produce dicho deseo. Por eso basamos nuestro análisis en nuestras observaciones sobre la sexualidad tal y como se practica bajo la supremacía masculina, y no en cómo nos sentimos —bien, mal, regular o en éxtasis— respecto a las prácticas sexuales patriarcales.
La represión y la violencia desempeñan otra función, ya que sirven además como vehículo al significado social. Son aquellos elementos que definen en potencia los actos sexuales. Así, en la práctica, un acto sexual puede definirse como aquel acto que, no siendo deseado por la mujer, el varón, en su calidad de varón, encuentra genitalmente excitante forzarla a realizar. Por tanto, aunque la mujer no sea forzada físicamente a realizar un acto sexual, la excitación masculina es, no obstante, la respuesta al factor de violencia potencial, que sigue siendo, en todos los casos, definitoria. Aunque la mujer consiga pues eludir la violencia física, la violencia sexual conceptual o definitoria es literalmente insoslayable.
Esta verdad sobre la sexualidad, como toda verdad conceptual, va mucho más allá de la decisión individual, la inteligencia, los privilegios o la capacidad de negociación que tenga cada una. Esta es la razón por la que la violencia misógina que define la sexualidad es ineludible. Por eso ni las lesbianas ni las personas con otras orientaciones sexuales pueden tampoco evitar o redefinir la sexualidad patriarcal. Así pues, las mujeres somos sometidas políticamente por los varones a través de la sexualidad, no porque nunca sea consentida, sino porque la esencia de aquello que deberíamos consentir es una función del poder político masculino; un poder que se afirma y que se mantiene a sí mismo a través de un proceso de excitación genital que se nutre de la degradación y la violación de la libertad y de la igualdad de las mujeres. Según esta definición, la excitación genital representa la materialización misma de la opresión política de las mujeres. Es la política hecha carne.
Nuestro estudio sobre la pornografía ha dejado claro que, dado que el varón se excita por medio de este soporte de significado social, la pornografía es considerada tan excitante como la actividad sexual en la «vida real». Tanto en la vida como en el arte, el varón responde al significado de mujer impuesto por el propio varón. Por lo tanto, la ecuación «pornografía = sexo» es literalmente cierta.
Consideramos que la sexualidad es una práctica construída íntegramente por el poder de los varones como clase sexual. No creemos que sea ni una maldición de la biología ni un regalo de Dios. Tampoco nos parece un proyecto conjunto entre varones y mujeres. Pensamos que esta práctica está impulsada por una dinámica erotizada de dominación masculina y sumisión femenina. Lo que la hace posible, lo que impulsa su aceptación social, es precisamente esa jerarquía sexual o ese «top-botonismo» social. Consideramos que la función de esta práctica es subordinar las mujeres a los varones. Esta dinámica y esta función elevan la práctica a rango político. Cualquier acto basado en una práctica que carezca de esta dinámica y de esta función —cualquier acto basado en una práctica que no someta a las mujeres— no sería, literalmente, un acto sexual. En pocas palabras: si no denigra a las mujeres, no es sexual.
Por lo que sabemos, ningún acto que se viva como sexual puede suponer una auténtica «transgresión». No existe práctica sexual alguna que suponga una alternativa real. En nuestro futuro feminista, un acto aparentemente idéntico a un acto sexual podría basarse en una dinámica completamente distinta. Sería un acto que no degradaría a las mujeres. Pero ese futuro feminista no ha llegado aún y esa práctica subversiva tampoco existe todavía. Es ahí donde queremos llegar/estar tras la derrota del patriarcado, tras desmantelar la práctica de la sexualidad.
La vida sexual de la mayoría de las mujeres tiene lugar en el marco de relaciones heterosexuales, y suele consistir principalmente en un intento continuo de esquivar el acto sexual. Es una experiencia de evitación. Antiguamente, se decía que el hecho de que una mujer eludiera el acto sexual suponía el incumplimiento de su deber conyugal. Hoy en día, ese discurso ha quedado obsoleto. Ahora se dice que está evitando la intimidad de forma poco saludable, que está rechazando su agencia sexual, que está rehusando el placer, cortocircuitando emociones y necesidades que son naturales y beneficiosas. Antiguamente, negarse a consentir podía dar lugar a una violación o la imposición violenta de actos sexuales. Hoy en día, la solución a la falta de consentimiento se encuentra también en el plano del deseo. Las mujeres deben aprender a desear el placer sexual erotizando la violación. Lo curioso es que las mujeres deben aprender a desear. Para aprender ese deseo «natural», se insta a las mujeres a seguir guiones marsturbatorios, a crear fantasías donde no las hay, a probar técnicas sexuales «intrépidas» e «innovadoras», a tolerar la pornografía; en otras palabras, a intentar encontrar deseable la inseguridad inherente al acto sexual.
En su intento de conseguir zafarse de las «necesidades» impuestas por los varones, las mujeres aprenden a reconocer incluso los signos más sutiles del deseo masculino. Son tantas las mujeres que han aprendido a librarse del acto sexual que hacer alusión a los dolores de cabeza de las mujeres se ha convertido en una broma machista. Efectivamente, las mujeres sufren pues dolores de cabeza, se visten y desvisten dentro del armario, engordan o adelgazan a propósito, desarrollan adicción al alcohol o a otras drogas, organizan minuciosamente sus horarios y evitan a toda costa cualquier gesto que pueda ser interpretado como una insinuación.
Al parecer, hay algunas feministas que consideran que estas prácticas de evitación del acto sexual son simples artimañas desfasadas de un pasado ampliamente superado, pero se equivocan. Esta visión despectiva se debe seguramente a algún tipo de privilegio social del que carecemos la mayoría de las mujeres normales y corrientes. Nosotras pensamos que vivir rehuyendo el contacto sexual es el día a día de muchas mujeres heterosexuales.
La reticencia histórica al acto sexual de las mujeres puede, gracias a la conciencia feminista, ser sublimada a un acto de resistencia sexual. La disidenta sexual entiende su acto como un acto político. Su objetivo no es solo la propia integridad personal, sino la libertad política de todas las mujeres. Ella resiste en tres frentes distintos: resiste las «urgencias» sexuales impuestas por los varones, resiste a que su posicionamiento sea denostado como puritanismo y resiste, sobre todo, al intento del patriarcado de facilitar su labor de subordinación de las mujeres mediante la construcción «consentida» de su deseo a imagen y semejanza de su propio sistema opresivo.
El patriarcado intenta penetrar hasta el fondo de las mujeres para jodernos/construirnos desde dentro hacia fuera. Este intento puede adoptar muy diferentes formas, como la «educación» o el asesoramiento sexuales. Desde los consultorios sentimentales se aconseja a las mujeres el uso de pornografía, de fantasías pornográficas y de juguetes sexuales para «enriquecer» sus vidas sexuales. Este asesoramiento, que se basa en la concepción patriarcal de qué es sexualmente «normal», nunca contempla el conjunto de prácticas en su totalidad, incluyendo también la de la abstención sexual. La decisión de rechazar el sexo nunca se concibe como válida. A las mujeres se las adoctrina para que «elijan» la pornografía y una vida sexual pornificada bajo amenaza de perder sus relaciones principales con sus maridos o novios. Son instruidas por varones «expertos» en desear aquello que los varones han establecido como placer sexual.
La naturalización de esa imposición del deseo ajeno refuta la afirmación de que las mujeres tengamos agencia sexual alguna. Mientras ese sea el precio que debe de pagar cualquier mujer por no consentir, la sexualidad es, de hecho, preceptiva para todas las mujeres.
El carácter obligatorio de la sexualidad de todas las mujeres (no sólo las heterosexuales) es invisible precisamente porque es sexual. Podemos intentar sacar a la luz esta violencia oculta mediante la razón, la reflexión y la acción. Si las condiciones que construyen el deseo de las mujeres se reprodujeran estructuralmente en cualquier otra situación que no fuese sexual —pensemos, por ejemplo, en el deseo de un Miembro leal del Partido de apoyar el Estalinismo—, ¿celebraríamos ese deseo como muestra de su agencia? Cuando las condiciones de represión y violencia construyen el deseo, reconocemos que ese deseo es un deseo coaccionado o ajeno a quien lo siente, a menos que éste sea sexual y que se trate del deseo de las mujeres. Nosotras nos preguntamos: ¿a quiénes beneficia hacer esta excepción? Para poner al descubierto y tal vez incluso abolir o revertir la sexualización que supone nuestra propia opresión, proponemos empezar por y a través de los procesos que hemos identificado como (a) resistencia sexual, (b) lesbianismo deconstructivo y (c) celibato radical.
A través de la lucha colectiva y personal, podemos identificar y rechazar esos deseos que nos han sido inoculados socialmente para hacer posible nuestro sometimiento a los varones. Si, después de todo, somos capaces de enseñar a las palomas a jugar al ping-pong, inculcándoles deseos que nunca imaginaron que tenían, quizá podamos también enseñarnos a nosotras mismas a optar por una sororidad no sexualizada como alternativa a ese deseo de subordinación y de autodestrucción que constituye el requisito indispensable y el paradigma social de nuestra sexualidad. Aunque las condiciones políticas y estructurales deben cambiar para que la sexualidad pueda ser erradicada, esto no debería comprometer la militancia en nuestras propias vidas sexuales a nivel individual. Si bien no sabemos hasta qué punto podemos transformar la sexualidad a través de cambios acordados colectivamente pero implementados de forma individual, sí que sabemos que —en lo que a sexualidad se refiere— seguir como hasta ahora no es en absoluto liberador. El contenido de lo sexual es el contenido de nuestra opresión.
Las relaciones sexuales han sido para las mujeres en ocasiones recíprocas y deseadas desde el amor, y otras veces, en cambio, han sido evitadas y rechazadas, quizá desde una conciencia incipiente de su función política misógina. El ámbito material en el que las mujeres adultas han desarrollado habitualmente su orientación sexual, en general, y las prácticas sexuales, en particular, ha sido el heterosexual. En este artículo nos centramos en las mujeres que se encuentran en este tipo de relaciones heterosexuales. Queremos mencionar muy brevemente tanto el lesbianismo deconstructivo como el celibato radical antes de abordar la resistencia sexual en las relaciones heterosexuales.
En la práctica, consideramos el lesbianismo deconstructivo como una elección política transitoria. El lesbianismo deconstructivo tiene como fin de-construir o desmantelar la práctica de la sexualidad a nivel personal y vivencial. Intenta deshacer el patrón de dominación y sumisión que se ha inoculado como sexualidad en cada una de nosotras. En su sentido más básico, el lesbianismo deconstructivo significa ser nosotras mismas como lesbianas, pero sin practicar sexo. Representa un intento centrado en los intereses políticos la mujer de decir no a la violencia misógina en todas sus dimensiones, incluida aquella que todas hemos interiorizado como respuesta sexual. Creemos que hoy en día muchas lesbianas viven en pareja el lesbianismo deconstructivo, pero no lo están desarrollando en el plano teórico. Lamentablemente, esta práctica ha sido considerada más como un problema que como parte de la solución. Catalogada como antisexo (que es lo que es), se ha considerado análoga a la situación de la «mujer frígida», con recomendaciones similares (el uso de pornografía, por ejemplo) como forma de volver a la norma de dominación y sumisión. Esperamos que estas lesbianas empiecen a pensar y a escribir sobre sus experiencias en términos políticos.
El celibato radical se diferencia del celibato —ya sea éste practicado por feministas o por otras personas— porque incorpora el análisis expuesto en este artículo sobre la condición de la mujer bajo la supremacía masculina y porque considera que nuestra opresión radica precisamente en la perpetuación de la práctica de la sexualidad. El celibato radical parte de la idea de que, para poder derrotar al patriarcado, hay que poner fin a las relaciones sexuales. Creemos que muchas mujeres practican el celibato radical, quizá sin llamarlo así, pero siendo conscientes de que es clave para su integridad personal y, con frecuencia, como forma de «cura sexual» tras haber sufrido una agresión sexual. Animamos a estas mujeres a que alcen su voz. Aquellas que resisten el sexo pueden luchar y tomar medidas en el seno de sus relaciones heterosexuales para desmantelar la dinámica mediante la cual los varones se autoproclaman dominadores de las mujeres y las mujeres se autoidentifican como las subordinadas, al mismo tiempo que mantienen otros aspectos no sexuales y no opresivos de esas relaciones que tienen valor para ellas.
La resistencia sexual no debe confundirse con lo que tradicionalmente se ha conocido como celibato, ya que éste último carece de un análisis feminista radical y bien articulado sobre la opresión de las mujeres. Aunque el celibato puede tener —y de hecho tiene— efectos positivos (como por ejemplo, mitigar la explotación sexual personal y directa de una mujer en particular), requiere de una conciencia feminista radical que lo dote de una dimensión política. La resistencia sexual es una declaración histórica de autenticidad feminista. Es la herramienta a la que muchas mujeres hemos recurrido para reclamar nuestro derecho a la integridad y a la autodeterminación sobre nuestras propias vidas y cuerpos. Da voz al rechazo silencioso de las mujeres a validar y valorar un deseo impuesto por los varones. La resistencia sexual ha sido desacreditada y ridiculizada por la mayoría de los varones y algunas mujeres como «mojigatería», «frigidez» e incluso «incompatibilidad sexual». Al emprender el acto político que supone la resistencia sexual, se está desafiando la jerarquía sexual y se está poniendo al descubierto la erotización de la violencia. Creemos que los actos de resistencia sexual pueden ser parte del proceso de transición que desmantelará la sexualidad patriarcal.
El celibato radical, junto con el lesbianismo deconstructivo y la resistencia sexual, son las únicas alternativas políticas viables que tienen a su alcance las mujeres, en condiciones de opresión bajo la supremacía patriarcal.
Como conclusión, debido a que el precio de no consentir supone la exclusión y la falta absoluta de estatus social, nuestro análisis sostiene que la sexualidad es obligatoria para todas las mujeres. No existe posición respetable alguna —ni siquiera una posición socialmente neutra— para aquellas mujeres que no se acuesten con quien sea, cuando sea y como sea. Concebidas por y para los varones, las relaciones que sustentan nuestro autoconcepto social y nuestra autoestima son un pack: el amor, la estabilidad, el apoyo emocional y las relaciones sexuales son un todo indivisible. Tu valor como puta queda claro cuando dejas de estar disponible. La disidenta sexual comprende que, bajo la etiqueta de «incompatibilidad sexual» —bajo esa mistificación—, se esconde la verdad de la ecuación política: Mujer es igual a su capacidad como coño. La objetora sexual saca a la luz esta ecuación oculta, sometiendo toda la práctica de la sexualidad al escrutinio feminista. La mujer que resiste el acto sexual se niega a quedarse con el pack completo diseñado por los varones. Exige el derecho a no verse obligada a seguir el precepto cultural que dice: ÁBRETE DE PIERNAS o LÁRGATE.
1. Nuestro análisis ha ido evolucionando desde nuestro activismo como feministas radicales en el Movimiento Anti-pornografía. De manera específica, nuestro análisis refleja la constatación de que la pornografía es sexo. Adoptamos la definición de pornografía formulada Dworkin/McKinnon en su (proyecto de) Ley de Derechos Civiles para la abolición de la pornografía
Artículo original:
A Southern Women’s Writing Collective. (1990). Sex Resistance In Heterosexual Arrangements en Leidholdt, D. y Raymond J.G. (Eds.). (1990). The Sexual Liberals And The Attack on Feminism. (pp. 140-147) The Athene Series, Teachers College Press.
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