SOBRE EL LENGUAJE Y EL BORRADO | Hypotaxis

SOBRE EL LENGUAJE Y EL BORRADO

Hypotaxis

No quiero que nadie que lea esto piense que estoy enfadada: quiero que sepas que estoy enfadada.

Las palabras que estás a punto de leer son delitos de pensamiento. El lenguaje que conozco, el lenguaje que utilizo, es herético. Yo, como tantas otras mujeres, plasmo mis pensamientos bajo un seudónimo para no sufrir una ejecución pública metafórica, aunque con consecuencias muy reales, por decir la verdad. Somos legión las mujeres que nos hemos ocultado tras el anonimato, que hemos hablado desde detrás del telón porque nuestras palabras no se alinean perfectamente con el Evangelio según el Varón.

Hace unos años, impartí una asignatura en la que tenía que abordar la «Ética a Nicómaco» de Aristóteles. Parte del objetivo de Aristóteles en este texto es ofrecer una fórmula científica sobre cómo «vivir la mejor vida» (un propósito bastante arrogante, por cierto). Así que empecé el tema de Ética preguntando a mi alumnado, millennials de primer curso, qué significaba para ellas y ellos «vivir una buena vida». ¿Qué implica una buena vida? ¿Cómo podríamos definirla?

Mi alumnado, como en general cualquier persona de su generación, mostraba una actitud reacia a responder a cualquiera de estas preguntas por miedo a adoptar una postura y, en consecuencia, a «invalidar» potencialmente el punto de vista de otros compañeros y compañeras. Se habían criado en un relativismo tan extremo que pensaban que adoptar una postura, ofrecer un punto de vista o presentar una teoría equivalía a erradicar las posturas, teorías y puntos de vista de los y las compañeras que pudiesen discrepar.

Con el fin de provocar su reacción, de hacer que dijeran algo, lo que fuera, les planteé la siguiente pregunta: si alguien decidiera pasar su vida en un sótano oscuro y mohoso, meando en un cubo, comiendo Cheetos y viendo nada más que pornografía hasta el día de su muerte, ¿constituiría eso una «buena» vida?

Aun así, la reticencia a responder era generalizada, pero al final algunas almas valientes ofrecieron respuestas algo tibias del tipo: «Si él disfruta haciendo eso, supongo que es una buena vida». Y: «Yo no querría vivir así, pero si él quiere vivir así, ¿quién soy yo para juzgarlo?».

Les seguí preguntando, sin poder disimular apenas mi incredulidad. «Pero, ¿es esa una buena manera de emplear nuestra ya breve existencia en este mundo?»

Todo es subjetivo, argumentaban.

Ese día salí de clase sintiéndome un poco incómoda. Claro, «vive y deja vivir» es un bonito y noble refrán, y de acuerdo, no fueron capaces de formarse una opinión sobre un escenario hipotético e inverosímil, pero ¿qué significa para nosotras y nosotros como sociedad que tengamos miedo de tener convicciones, de adoptar una postura, de expresar un punto de vista porque hemos terminado creyendo que las perspectivas bien fundamentadas borran literalmente las perspectivas de quienes podrían discrepar?

Curiosamente, aunque quizá no sea de extrañar, el pensamiento posmoderno, que en su día fue un fascinante bastión teórico para las humanidades, ha asestado un golpe fulminante y devastador al discurso racional e inteligente, ya que ahora es el prisma a través del cual se nos insta a considerar todo, desde Goethe hasta los genitales.

El posmodernismo, que ya no se limita a la retórica contemporánea, se ha extendido como un reguero de pólvora a la política, la cultura popular y el derecho. La cultura dominante nos insta a no juzgar nada (ni siquiera la pedofilia, como demuestra la sutil pero profundamente siniestra maniobra para normalizarla). Se nos dice que, para ser buenas personas, debemos abrazar el relativismo moral más absoluto, que cualquier cuestión debe ser abordada como un texto abierto a múltiples interpretaciones, y que todas las interpretaciones son correctas y justas, excepto aquellas que cuestionan las instituciones capitalistas preferidas del patriarcado: la pornografía, la prostitución y el género.

En el lodazal del relativismo, todas las posturas son válidas, salvo las de aquellas mujeres que se niegan a renunciar a sus convicciones feministas para ceder ante los deseos de los varones. Las convicciones de las mujeres disidentes se consideran ahora tan peligrosas que se califican de violencia.

El relativismo y el pensamiento posmoderno han generado un clima en el que no existen verdades absolutas, en el que el lenguaje queda completamente desprovisto de sentido, y sugerir lo contrario es un delito de pensamiento. Los principales defensores del relativismo, los dictadores más feroces de lo que las palabras significan y no significan, son personas (en su inmensa mayoría varones) que han decidido convertir el género en la causa central de sus vidas.

Para muchos varones, òbviamente, el género resulta a la vez misterioso e innato: algo que se es, a lo que se aspira, algo que te define.

Verás tú, aunque el género (como tantos y tantas liberales se empeñan en señalar) afecta tanto a las niñas como a los niños, lo hace de manera diferente. Al fin y al cabo, ser un niño, de acuerdo con las normas de género, no está nada «mal». Un niño nace en un mundo que le permite definir lo que significa ser «niño» o «niña», y le permite dictar cómo el lenguaje se irá construyendo en torno a sus propias experiencias. Cómo cumplimos a rajatabla con la máxima de que el género es innato, el niño es socializado desde que nace en la certeza de que el mundo —su dinero, sus mujeres, su lenguaje— le pertenece por derecho de nacimiento.

Para las niñas el género supone algo muy diferente. De hecho, la mayor contribución a la subyugación continua y sistémica de las mujeres ha sido el compromiso inquebrantable con la idea de que el género es innato, que está codificado en nuestro ADN y viene pues determinado por alguna región elusiva, imperceptible, pero de algún modo real, de nuestros «cerebros femeninos». La implacable adhesión del patriarcado a la creencia en la naturaleza innata del género impidió que mi abuela, de una inteligencia extraordinaria, pudiese estudiar, e provocó que una cifra incalculable de mujeres como yo (que rechazábamos muchos de los mandatos estereotípicos de la «mujeridad») creyéramos que no éramos hembras humanas normales.

Mi predilección por las botas militares, el pelo corto y la cerveza, que no me maquille o que use bóxers, así como mi atracción sexual y romántica hacia las mujeres, han llevado a algunas personas de ideología liberal a afirmar que soy un «hombre trans» dentro del armario. Mis preferencias personales deben «leerse» (según la jerga posmoderna) como mi –oh dios qué importante– «presentación de género». Y, como era de esperar, si me ciño a las señales culturales, se considera que tengo «cerebro de hombre» o «alma de hombre», pero lo cierto es que tengo vagina, que los estrógenos corren por mis venas hasta tal punto que, en ocasiones, me provocan cáncer, y que no hay «expresión de género», por grande que sea ésta, que pueda cambiar estas realidades. Algunas cosas no son subjetivas y punto.

El hecho de haber sido condicionada a ser sumisa, a ceder ante los varones, no tenía nada que ver con mi «identidad», mis preferencias personales o mi biología, sino que dependiá en realidad del sexo, del hecho de haber nacido hembra en un mundo que desprecia a las mujeres, un mundo que ha consagrado la idea de que nuestra condición de ciudadanas de segunda clase está ligada indisolublemente a nuestra biología.

El género no es ningún motivo de celebración. El género es una fuerza destructiva, patriarcal y capitalista que priva a las mujeres de su humanidad y que, en sus peores manifestaciones, propicia atrocidades como el «matrimonio infantil», la violación o los «asesinatos de honor». Para las mujeres y las niñas de todo el mundo, el género es el problema, y las feministas solíamos poder decirlo.

Mi negativa a aceptar aquello que sé que no es cierto ha llevado a las personas de ideología liberal a acusarme, en mi blog, de ejercer violencia real contra aquellas personas para quienes el género es una veleidad, algo con lo que divertirse, algo que ponerse, un proyecto para que sus vidas tengan relevancia.

Para las niñas y las mujeres, «género» es un verbo, mientras que para los varones es un sustantivo. Para las niñas y las mujeres, el género es algo que nos ocurre. Para los varones, el género es algo a poseer.

Dado que excluye a los varones, las mujeres ya no pueden señalar que forman parte de la clase sexual conocida como mujer. Nuestros opresores nos han arrebatado nuestro derecho a utilizar esa palabra.

El dogma de género se basa en la creencia de que palabras como «hembra», «mujer» y «niña» significan lo que cualquiera (normalmente un varón) diga que significan (por lo tanto, no significan nada en absoluto a menos que un varón reivindique la palabra para describirse a sí mismo). Se nos dice que «hembra» no es tanto una «realidad», como una sensación en la mente de un varón, una sentimiento que un varón podría tener.

Se nos dice que no utilicemos términos que excluyan a las personas macho –como embarazo, menstruación o vagina–. Sin embargo, sí que se puede hablar largo y tendido sobre la esencia de mujer, almas de mujer —conceptos elusivos y supersticiosos, imposibles de verificar, fantasmas que ninguna mujer ha visto ni experimentado jamás—, pero en cuya existencia debemos creer sin reservas.

Varones que han decidido tomar el relevo de la mujer, nos han ido racionando la terminología con suma generosidad.

A aquellas de nosotras hembras humanas, feministas, a menudo lesbianas, que nos oponemos a esta tiranía intelectual, que criticamos creencias firmemente arraigadas en conceptos tan victorianos como el de las «almas hembriles», se nos acusa de borrar a las personas transgénero, de no querer que la gente trans exista. De lo que se sigue que, adoptando el zeitgeist actual, el propio lenguaje tiene la capacidad de, literal y realmente, erradicar, a las personas; por lo que la disidencia va a ser considerada, obviamente, peligrosa. Y cuando consideramos que el lenguaje del disenso, de la crítica racional, es «una amenaza para la vida», estamos abriendo la puerta a que cualquier desacuerdo intelectual sea recibido con una oposición violenta real: estamos incitando a la barbarie.

Es cierto que el lenguaje puede contener connotaciones violentas, que puede convertirse en una representación abstracta de la violencia, y que puede incluso incitar a la violencia, pero el lenguaje en sí mismo no puede ser violencia en sentido estricto. La violencia real tiene una fisicidad concreta inherente (las mujeres y las niñas lo saben bien) de la que carece el lenguaje, por mucho poder que tenga. Si el lenguaje fuese violencia, los varones librarían sus guerras en verso.

Y lo cierto es que discrepar con otro ser humano no es ni un intento de ejercer violencia, ni un acto de «borrado», ni tampoco una negación de la propia existencia de otra persona. El conflicto ideológico o filosófico —cuando éste se manifiesta únicamente a través del lenguaje— no es violencia. (Y sí, soy consciente de que, convertido en ley, el lenguaje puede tener una especie de efecto de «borrado» sobre determinados grupos de personas, pero no estoy tratando de abordar cuestiones jurídicas; sino que me refiero al discurso público sobre lo que queda, si es que queda algo, del «librepensamiento»).

Everydayfeminism.com me dice que los penes son supuestos y que las vaginas son «constructos», pero que mi alma hembril es una «realidad»; y, aun así, eso no borra el hecho de que mi vagina es súper real, ni borra el hecho de que solo los varones saben qué coño es un «alma de mujer». Más aún, cada dos por tres, personas varones que «se identifican como mujeres» me instruyen sobre cómo debo referirme a mí misma: cis. Me dicen que, como lesbiana, simplemente me siento atraída por un género concreto, y que rechazar salir con personas de cuerpo de varón que «se sienten mujeres» es un acto de intolerancia. En la cultura popular, en el ámbito académico, mi propia orientación sexual viene definida y controlada por varones para quienes el género es una suerte de arte performativo, una calurosa sensación, todo. Me dicen qué palabras puedo y no puedo utilizar para hablar sobre mi propia vida.

Tuve la suerte de crecer en un hogar en el que mis padres no patologizaban nuestra «expresión de género». Mi hermano llevaba las uñas pintadas y rulos en el pelo, mientras que mi hermana insistía en llevar lo que ella llamaba «ropa de chico», gorras de obrero y polos anchos. A nadie se le llevó a terapia de género, a terapia psicológica o a cirugía. Aunque fuera a un nivel subconsciente, mis marcadamente apolíticos padres entendían que esos deseos formaban parte de nuestras preferencias, no de un «problema» codificado de forma irreversible en nuestro ADN. La realidad era que, a pesar de todas las normas sociales y del condicionamiento, algunos de sus hijos e hijas no iban a encajar del todo dentro de los rígidos límites que el género establecía para ellas y ellos. Su hijo iba a querer esmalte de uñas rosa. Su hija iba a querer sombreros de vaquero y tatuajes fake. ¿Y qué coño importaba? El problema más grave era la feroz resistencia a hacer los deberes de matemáticas y la incapacidad para mantener la habitación ordenada.

Como lesbiana que rechazaba la mayoría de las normas de género, me siento afortunada de haber crecido en los años 80 y 90, antes de que los varones secuestraran y se apropiaran de la filosofía feminista. Era capaz de ver mi renuencia a adoptar estereotipos como evidencia de mi creciente liberación del género. La sociedad no consideraba que mi negativa a depilarme o mi pasión por las camisas de franela formaran parte de quién era yo a nivel celular, sino que podía atribuir esas pequeñas libertades a lo que los avances conseguidos por mis hermanas feministas de los años 60 y 70 me permitían hacer: ser yo misma. En aquella época, nunca nadie sugirió seriamente que mi forma de vestir apuntara a algún tipo de masculinidad inherente. Nadie me dijo que mis preferencias personales fueran indicativas de alguna verdad esencial e irrefutable que requiriese de atención médica y de una afirmación inmediata.

La apariencia, en cualquier caso, no es sino una pequeña pieza de la catástrofe del género. Los engranajes más nocivos involucran la socialización, los creencias absurdas y los prejuicios que están entrelazados indisolublemente al tejido de la cultura y que determinan todo, desde la asistencia sanitaria al acceso a la vivienda. Estos aspectos del género, más sutiles pero no por ello menos insidiosos, son mucho más importantes, y es imposible «identificarlos» para librarse de ellos.

El lenguaje es una de las vías por las que las mujeres y las niñas hemos podido ser conscientes del alcance total de las cartas de mierda que nos ha repartido el género. El lenguaje es la vía por la que las mujeres hemos podido distinguir nuestro sexo —la realidad material de nuestro cuerpo como hembras humanas— de la abnegación, el sometimiento y la frivolidad que, en esta condición patriarcal crónica, se nos ha impuesto adoptar. El género es la horrible deuda que pagas por haber nacido mujer –el lenguaje solía permitirnos hacerlo explícito–.

Hay una máxima con la que estoy totalmente de acuerdo: si se quiere resolver realmente un problema, hay que empezar, no por analizar quién lo padece, sino a quién beneficia. En el caso del género, ¿a quién le conviene?

Al capitalismo le conviene: más concretamente, al sector médico-industrial y a las industrias del porno y del tráfico sexual. En un sentido amplio, son los varones quienes se benefician.

Tal y como nos ha mostrado la historia, tal y como nos muestra el actual clima cultural, ningún opresor renuncia voluntariamente a aquella fórmula de la que se beneficia. Muy al contrario, cuando siente que su poder se le escapa, se vuelve extremista, y los varones extremistas, sea por motivos religiosos o del género, siempre se erigen en árbitros del lenguaje. Cuando las mujeres se niegan a someterse, se niegan a utilizar las palabras que ellos nos imponen y se niegan a emplear nuestro léxico actual para suavizar sus opiniones, recurren a nuevos métodos, entre los cuales: la humillación pública, las listas negras, la violación y el asesinato. Y la motivación detrás de estas acciones es siempre la misma: el control de la sociedad y de lo que se considera su patrimonio: las ideas, la industria, la tierra, la lengua y las mujeres. Y la motivación tras dichas acciones es siempre la misma: el control de la sociedad y de lo que considera su patrimonio –las ideas, la economía, la tierra, el lenguaje y las mujeres–.

Si el lenguaje tuviera el poder de borrar literalmente, las mujeres habrían dejado de existir hace mucho tiempo. Dado que el lenguaje no se creó para las mujeres, éstas saben, casi de forma instintiva, que todo ese alarmismo y esa vigilancia en torno al lenguaje son ridículos. El uso del lenguaje para hacer daño a las mujeres es tan antiguo como el mundo y, sin embargo, es ahora cuando nos hemos preocupado por el «poder dañino» del lenguaje, ahora que las palabras –«vagina», «útero», «mama», «parto», «lesbiana»– amenazan potencialmente la capacidad de los varones para reclamar para sí mismos la propia condición de mujer.

Y así, como buenos colonialistas, los varones que «se sienten» mujeres acusan a mujeres como yo de herejía, acusan a mujeres como yo de poseer, en nuestra disidencia, el poder mágico de poder borrar literalmente a un ser humano, o a un grupo de seres humanos. Las mujeres como yo practicamos la brujería dialéctica y, como todas las brujas, debemos ser juzgadas injustamente y quemadas en la hoguera.

De hecho, fue precisamente ese delirante discurso del género que tilda de «intolerantes» a las lesbianas por no querer salir con «lesbianas» con pene lo que me llevó a analizar este tema.

Lo que me hizo entrar en cólera fue el horror de descubrir que mi «organización lésbica» local estaba dominada por varones que «se identificaban como mujeres», darme cuenta de que las mujeres no tenemos ningún espacio al margen de los varones, ver cómo había varones que me estaban imponiendo que me definiera como «cis», que rechazara la noción de «infancia compartida entre chicas» y que aceptara mi realidad vivida y la de mis parientas, antepasadas y hermanas como un mero «sentimiento». De repente, el paradigma dominante era uno en que las feministas debían asegurarse de utilizar un lenguaje que siempre incluyera a los varones («no digas que el pene es de macho»), y en el que las feministas tenían que reconceptualizar la pornografía, el género y la prostitución como ejercicios de liberación. De repente, la existencia misma de mi cuerpo de hembra era «subjetiva».

Las mujeres no pueden organizarse de verdad en torno a la subjetividad. Y, no por casualidad, las mujeres no pueden tomar conciencia de su propia opresión a través del prisma de la subjetividad. Las mujeres no pueden definir sus experiencias mediante un vocabulario basado en la subjetividad. La amplia difusión del relativismo ha hecho imposible el pensamiento crítico, ha permitido que los varones equiparen el lenguaje de la disidencia a la violencia y, no queriendo ser percibidas como violentas, las mujeres se convierten en cómplices forzadas y se someten en silencio a las autoridades lingüísticas que son, como siempre han sido, varones.

Uno de los mejores espacios para observar cómo se manifiesta este fascismo de género léxico es, por supuesto, Internet.

Hace un par de años, el movimiento trans conviertió en mártir una adolescente de Ohio cuyo trágico suicidio fue instrumentalizado y glorificado sin pudor alguno por muchas personas de izquierda. Durante ese tiempo, leí las publicaciones de Twitter relacionadas con el suceso. Un tuit de un activista trans acusado de acosar a la afligida madre de la adolescente, decía: «Yo no odio a las mujeres. Yo soy una mujer».

La razón por la que este tuit en concreto me llamó tanto la atención, entre todo el revuelo que se había generado en torno a la adolescente de Ohio, fue que ponía de manifiesto algunos aspectos importantes sobre dónde nos encontramos como cultura:

Un varón dice que es mujer, así que él es mujer. Ya no se trata de «identificarse como» –si «te identificas como», lo eres–. Siguiendo esta misma lógica, yo podría simplemente «identificarme» como rica. Me siento rica, luego soy rica.

Las mujeres no pueden odiar a otras mujeres porque así lo dice un señor-que-se-identifica-como-mujer. ¡Súper fácil! Sin tener que involucrar el pensamiento crítico en absoluto.

Y es precisamente esta última observación la que importa, porque me he encontrado con esto muchas veces en mi oposición al discurso de que «el género empodera a las mujeres». ¿Cómo puede ser misógina la teoría de género si tantas mujeres la apoyan?

La realidad es que las mujeres pueden ser misóginas. Para que el patriarcado prospere, es necesario que las mujeres sean misóginas. Es más, para que los varones sigan beneficiándose de la opresión de las mujeres y las niñas, es esencial que éstas sean aliadas de los varones. A las mujeres se les inculca desde pequeñas el odio hacia sí mismas y hacia las otras mujeres. El hecho de llevar la etiqueta de «mujer», o de haber nacido en la clase de las mujeres, no te libra de tener tendencias misóginas. Tanto si eres mujer como si eres un varón que «se identifica como» mujer, has crecido en un entorno de misoginia desde que naciste. Puedes negarlo, pero no puedes, por el mero hecho de ser mujer o de «sentirte mujer», eximirte de ello.

Las mujeres siempre hemos apoyado causas defendidas por los varones y teorías elaboradas por varones, casi siempre en detrimento propio. A menudo, como mujeres, hemos tenido que ser partícipes de nuestra propia ruina.

Allá por la época del instrumentalizado suicidio de la adolescente de Ohio, Autostraddle (una publicación en línea que originariamente seguía una línea editorial lésbica) publicó un artículo especialmente pernicioso que ensalzaba los Estudios de Género, el reemplazo de los Estudios de la Mujer centrado en los varones. El artículo ponía especialmente de manifiesto esa retórica contradictoria, autorreferencial y misógina que hemos visto aparecer sin cesar en las llamadas publicaciones «feministas» y «lésbicas». En esencia: algunos varones son mujeres, y eso es algo que debemos respetar. No obstante, para engañar a las mujeres, o mejor dicho, para intentar satisfacer a los varones y a la vez convencer a las mujeres de que acepten incondicionalmente la idea de que el género es innato, los «artículos de opinión» publicados en lo que antes eran publicaciones lésbicas/feministas han tenido que desacreditar, de forma bizarra y enrevesada, principios científicos bien fundamentados para poder fusionar el sexo con el género. A saber:

La biología es una rama de la ciencia y la ciencia es a su vez un constructo social y en realidad lo que estoy diciendo es que tu sexo es básicamente una etiqueta que una persona súper formada te puso al nacer basándose en todas las pistas contextuales que pudo recabar en ese momento sobre tu ADN. El sexo no es ni inmutable ni inalterable ni está definido de algún modo «intrínsecamente» por nuestros cuerpos; se trata más bien de que la ciencia y la medicina disponen de términos específicos para definir el sexo y nos los imponen —y que, a menudo, éstos resultan inadecuados para abarcar todo el espectro de la diversidad1—.

Este es un ejemplo paradigmático de un patrón sistemático, del lodazal de gilipolleces sin sentido que se vende a las mujeres, por parte de otras mujeres, en nombre de unos varones que, en su propio y preciado beneficio, preferirían que no reconociésemos la existencia de la realidad biológica. Los intentos de convencer a las mujeres, mediante postulados pseudointelectuales, de que la ciencia es un «constructo» del mismo modo que el género es un constructo, en un mundo en el que la mayoría de la gente se está volviendo loca porque ya no se nos permite expresar un pensamiento racional, son peligrosos.

La ciencia, según el dogma patriarcal contemporáneo, es correcta siempre y en todos los casos, salvo en el hecho completamente verificable de los genitales de las hembras y los varones humanos. La ciencia es, de forma bastante conveniente para los varones, legítima y válida cuando prescribe hormonas sintéticas y autoriza intervenciones quirúrgicas. Por supuesto, la ciencia se equivoca cuando sostiene la existencia del dimorfismo sexual. La ciencia se equivoca cuando permite a las mujeres nombrar la realidad.

Y yo me pregunto: ¿en qué se diferencia esto de quienes niegan la evolución? ¿O el cambio climático? Esos principios les molestan, van contra sus propios intereses, hieren sus sentimientos, les obligan a reflexionar sobre sí mismos y no se ajustan a sus fantasías.

Pero si Jesús no vivió con los dinosaurios entonces… entonces… ¡que te jodan, la evolución no existe!

Pero si mi todoterreno que tanto, tanto me gusta es malo para el medio ambiente, entonces… entonces… ¡que te jodan, el cambio climático no existe!

Pero si mi pene no forma parte de la anatomía hembril y yo de verdad en serio quiero ser mujer, entonces… entonces… ¡que te jodan, la biología no existe!

Los Estudios de Género no son más que antiintelectualismo travestido con jerga académica en beneficio de los varones. Y punto.

Y sí, por supuesto que la ciencia y la medicina han «establecido términos» para definir las cosas. Los equipos científicos y médicos utilizan palabras propias de sus disciplinas; cuentan con un lenguaje específico que designa realidades concretas y verificables, como «célula», «cáncer» y «hembra». El trabajo de un médico o de una médica no consiste en validar cada matiz particular de tu profundamente polifacética personalidad. El trabajo de un científico o de una científica no consiste en aliviar tu inestabilidad emocional.

En este artículo concreto de Autostraddle también aparecía un término ya omnipresente en el actual discurso popular: «Feminista Radical Excluyente de las personas Trans» (TERF). El propio término peyorativo da a entender erróneamente que el feminismo se construyó en base al género y a los varones, y que no priorizar los intereses de los varones que «se sienten mujeres» constituye una especie de «transgresión del feminismo».

[El Constructivismo] se ha utilizado —o, mejor dicho, se ha utilizado indebidamente— con el fin de invalidar las experiencias trans. Las TERF han esgrimido la teoría del constructivismo [sic] para afirmar que los géneros —y, por lo tanto, la experiencia transgénero— no existen2. De hecho, que algo sea un constructo no lo convierte en imaginario. El pelo corto, el pintalabios, las Barbies, las tetas de silicona, las hormonas sintéticas –todas estas cosas son, de hecho, realidades materiales–. Y ninguna mujer que comparta mi opinión sobre este tema ha afirmado jamás que el género no exista. Al contrario, el problema radica precisamente en lo real que es.

Lo que las mujeres como yo hemos señalado es que el género y el sexo no son lo mismo; que es la biología, y no un conjunto de preferencias personales, lo que determina que una persona sea mujer o varón; y que uno no puede simplemente autodeclararse lo que a uno le apetezca al margen de su clase sexual y formar parte de la classe sexual que le dé a uno la gana, de la misma manera que nadie puede autodeclararse de una especie diferente a la propia.

Querer ser y ser son dos cosas muy diferentes. La incapacidad de diferenciar la una de la otra —el deseo de la realidad— tendrá, y ha tenido ya, consecuencias devastadoras para las mujeres y las niñas, así como para la sociedad en su conjunto, a medida que nos vamos adentrando cada vez más en un estado de confusión en el que nuestras lenguas están tan embotadas por la subjetividad hegemónica que ya no podemos nombrar la realidad objetiva.

La idea de que las feministas estén intentando, a través del pensamiento y del lenguaje, condenar a la extinción a un grupo de personas es completamente absurda. Pero estos tópicos se construyen precisamente de forma deliberada para garantizar que ninguna mujer pueda mostrar disidencia: si no lo aceptas, entonces me estás borrando; si no estás de acuerdo conmigo, entonces ya no existo.

Si alguien necesita que todo un departamento de una universidad afirme su apariencia externa, valide sus perversiones sexuales y le llame por el nombre que haya elegido – vale. Sea–.

Si alguien necesita nuevas palabras que terminen en «e» y en el símbolo «@» para definir cómo se ve a sí mismo, perfecto. Que invente esas palabras.

Si alguien, para ser feliz, necesita hormonas y cirugía estética, que se las pague. La vida es breve y sólo tenemos una, soy una feminista que cree que una persona adulta debería gozar de plena autonomía sobre su propio cuerpo.

Pero si lo que estás pidiendo es que las mujeres renuncien a lo que saben sobre anatomía y violencia, si tu «existencia» depende de que las mujeres finjan ignorancia, si tu «identidad» está supeditada a que las mujeres desaprendan el lenguaje, entonces tenemos un putero problema de verdad.

Como mujeres, debemos oponer resistencia a la masiva beligerancia semántica engendrada por la teoría posmoderna/trans/de género. Necesitamos saber cuáles son nuestras convicciones y tener la capacidad de nombrarlas. Necesitamos conocer nuestras convicciones y tener la capacidad de nombrarlas. Necesitamos crear y sostener un mundo en el que podamos manifestar, de forma racional, inteligente y apasionada, a través de la retórica, nuestros argumentos contra sistemas que nos degradan, sin temor a represalias inéditas.

No podemos aceptar que discrepancias filosóficas, sensatas, sean «discurso de odio», ni que nuestras perspectivas, profundamente arraigadas en la experiencia vivida, sean formas de violencia. ​​Si permanecemos impasibles ante esto, si renunciamos a esa pequeña porción del lenguaje que ya hemos vindicado, entonces corremos sin duda el riesgo de sufrir un verdadero borrado, un borrado que no estará provocado por el lenguaje, sino por la ausencia de éste.


1 Carmen. “Rebel Girls: Waiter, There’s Some Theory in My Gender”. Autostraddle, January 7, 2015.

2 Ibid.

ORIGINAL: Hypotaxis. On Language and Erasure. en Barrett, R. (Ed.). (2016) Female Erasure. What You Need To Know About Gender Politics’ War On Women, The Female Sex And Human Rights. (ch. 13, pp. 175-184) Tidal Time Publishing, LLC.




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